Cuando sólo importa la luz, cuando los colores discrepan tanto de la realidad, cuando sólo importa el fulgor del momento, cuando se nos cae la vara de medir y cuando el canon se deshace suavemente y desaparece, entonces y sólo entonces, comenzamos a sentir la sinestesia de los sentidos mezclados, olemos el cabello amarillo de la niña, tocamos con la punta de los dedos el rumor añejo de los fantasmas del caserón lejano, oímos la transparencia del agua en la jarra, gustamos el crujir de las hojas y de la frondosidad de la que surgen.
En este tablero multicolor, donde la verticalidad de las líneas se horizontaliza gracias a la esfera amarilla de la cabeza dorada y a la esfera cristalina del agua, podemos individualizar cuatro cuadros diferentes: Un caserón en el bosque, una niña construyendo un centro de flores, una naturaleza muerta formada por la jarra de agua y por último la escena paisajística que conforma el jardín salvaje. En planos superpuestos van ganándose protagonismo uno a otro en un fluyente conjunto que nos sumerge en algún recodo de la memoria feliz de algún remoto verano.
En qué lugar de la obra queda explícito que es una mujer la autora; éste es el verdadero misterio del cuadro que quedaría por fin desvelado si la niña nos mostrara, en un giro inesperado, sus bellos y prometedores ojos azules.
