domingo, 21 de diciembre de 2014

Henry Fuseli (La pesadilla)1781



El espanto acude a nuestro sueño. El erotismo como fuente, canal y desembocadura hacia el infierno venéreo. La más siniestra concepción del romanticismo hecha carne.
Una obra de concepción horizontal, la mujer flecha que de Este a Oeste atraviesa el lienzo como una saeta de luz. Irradia, resplandece, es origen de un fulgor que acaricia y hiere a la vez la mirada. Nuestra mirada aterrorizada, inquieta, porque no podemos concentrarla en lo que queremos ver, el íncubo maldito nos mira, no mira a la bella durmiente, no mira al caballo siniestro, nos mira inhóspito e iracundo a nosotros que, como huéspedes mal recibidos, sólo nos merecemos el desprecio, si no algo más, de su mirada, esa mirada que nos pone el vello de punta. Definitivamente debemos salvarnos y alejar nuestros ojos de la adorada y apenas vislumbrada imagen de la mujer.
El simbolismo invertido del cuadro pone el mal, la oscuridad, la locura en un plano superior, dominador, humillante, ubicados sobre la luz, sobre la paz, sobre la belleza. El sueño como engendrador de las más abominables imágenes, imágenes de terror que en la tela parecen más reales que la realidad inconsútil de esa mujer desmadejada, incandescente en la irrealidad de su belleza.
Es el cuadro del desasosiego, del espanto consumado, del miedo por venir...





martes, 9 de diciembre de 2014

El Bosco (Extracción de la piedra de la locura) 1500-1510


          De nuevo estoy frente a un cuadro. Es un cuadro de El Bosco, un cuadro en el que en su parte superior e inferior se lee la siguiente frase en letra gótico-flamígera: Meester snyt die keye ras, myne name is Lubbert das (Maestro, extráigame la piedra, mi nombre es Lubber Das). La piedra en cuestión (y que da nombre a tan extraño cuadro) es la piedra de la locura. El maestro lleva un gran embudo en la cabeza y un cántaro colgado del cinto de su túnica. Hurga con su escalpelo el cráneo del pobre Lubber, que sentado y atado a una silla, despierto y con la boca semi-abierta, soporta la cruel intervención. Al lado del maestro, un monje con otro recipiente en su mano izquierda conversa con Lubbert, quizás dándole el ánimo necesario, quizás aumentando su tortura con dislates premonitorios. La escena es observada por una mujer tocada con un libro rojo en la cabeza, a lo mejor una monja, a la que nada le dice lo que ve, a tenor de la inexpresiva y aburrida expresión de su rostro apoyado en su mano derecha, y ésta, a su vez, apoyada en una alta y redonda mesa. Toda la escena transcurre al aire libre, en donde pueden otearse un valle, unas lomas y tres poblaciones en lontananza. Nuestros ojos se afinan entonces en la incisión cefálica que le están practicando a nuestro desdichado Lubbert. Todo, de momento, se vuelve entonces diáfano y esclarecedor: el maestro está extrayendo un pequeño tulipán del cerebro del pobre infeliz, un tulipán igual a otro que descansa sobre la mesa antedicha. La mueca de extrañeza provocada a priori por el cuadro queda congelada en nuestro rictus de suficiencia ante tamaña muestra de infantilismo metafísico. La tela, pues sólo vale la experiencia de un dibujo algo vacuo para la época y de una arquitectura conceptual tan banal como fuera de contexto plástico.