miércoles, 26 de noviembre de 2014

Rembrandt (Autorretrato a la edad de 63 años) 1669


Todos los colores que extravasan la paleta por su borde más cercano a la tierra se concilian en esta tela que, como un sudario, cubre el cuerpo del artista terminal, quizás conocedor de su cercana muerte, quizás con el único afán de retratarla y de darle una prestancia que ya su cuerpo, ciertamente a punto de la consunción, ya no podía sugerir.

En los diversos autorretratos, Rembrandt intentó captar en el propio rostro lo inasible de la juventud, la pureza casi incorpórea de la fuerza en la mirada madura, los excesos y la virulencia de la lucha vital, y ahora, cercana la partida, los últimos destellos de una vida que, en esa mirada, nos irradia tanta tristeza, tanta merma de energía, tanta  ausencia de determinación para seguir el camino.

La luz incide en el rostro, ya no es la luz que emana del gesto; el hombre luminoso es ahora un viejo iluminado; ya no importan sus vestimentas; sus manos se hallan escondidas; tan solo la piel de la cara brota como una roca abrupta, volcánica, llena de pasajes, de accidentes, de tonalidades inhóspitas, de livideces enfermizas.

Y la mirada, ¡ah, la mirada! Miedo sosegado, ira discreta, sabiduría contenida, triste fervor, piedad de alma, duda inquisitiva, arrepentimiento voraz, tanta necesidad de consuelo...







miércoles, 19 de noviembre de 2014

Edward Hopper (Nighthawks) 1942


Hopper pinta un cuadro esquinado y luminoso, y profundo y oscuro a la vez. Con líneas verticales y horizontales crea un damero asimétrico de luces vivas e hirientes. Hay cuatro personajes de esencia pisciforme inmersos en la urna de cristal que forma la cristalera de una cafetería, un acuario que los incomunica, sin puertas ni ventanas, de un exterior inhóspito, desierto, sin vida. El día está paralizado en un instante de la madrugada, de la noche, del atardecer, imposible de discernir. Es el tiempo de la profundidad marina, el tiempo del hombre-pez, de la mujer-pez. Tres hombres y una mujer ejercen de humanos en el interior de la ampolla cristalina y luminosa. Dos hombres y la mujer toman café sentados a la barra y miran al interior. No hablan. No se miran entre ellos. El camarero observa con asombro hacia fuera, la calle embrujada de soledad. Son ellos los supervivientes de la noche sin luna o los supervivientes del último día sin sol. Son víctimas de la luz o custodios de esa luz última de clamor urbano. Creo que saben que por el ángulo inferior izquierdo, por esa acera iluminada alguien ha de venir a salvarlos, o a matarlos. Alguien que no vive en la ciudad. Quizás algún gran pez extraviado







martes, 11 de noviembre de 2014

Sir Lawrence Alma-Tadema (A Coign of Vantage) 1895


"Una posición privilegiada" es la traducción más o menos literal de esta instantánea del cielo, de esta foto fija de un paraíso perdido o nunca hallado o simplemente inexistente, porque lo que este pintor de la llamada decadencia clásica nos dejó en su ingente obra, no fue otra cosa que pinceladas de una aurora celestial, invadida por la más pura de las sensualidades, la de los tiempos aquellos en que la bondad de la mirada y la eternidad de los sueños no se contradecían con el amor profundo por la vida de contemplación, por la vida de los placeres mundanos, por las flores recién cortadas en los campos de Marte, en los campos de las muchas muertes que la guerra, allá al fondo, iba destilando y fermentando en una naturaleza justa y equilibrada.

Se huele el mar, la sal que impregna el cuello de las muchachas, se huelen las flores que ciñen sus cabellos fulgurosos, se retiene en el alma, quizás para siempre, el aura mediterránea, el sol soberbio que impregna la vida y el sueño de lo imposible.

Aquí Oriente y Occidente se abrazan y se besan en rumores civilizados, lángidos; se devanan en hilos de oro y marcan las distancias insondables de las vidas distintas y paralelas. 

Quisiéramos que la imagen que nos ofrece este prodigioso cuadro representara una verdad absoluta, daríamos una parte importante de nuestra vida porque el mundo terreno fuera siquiera, si acaso remotamente parecido.

El mar y el cielo, al menos aquí, es lo mismo.










domingo, 9 de noviembre de 2014

Jackson Pollock (Número 8) 1949


En 1949 ocurrieron muchas cosas: George Orwell publica 1984, Arthur Miller estrena La Muerte de un Viajante y Jorge Luis Borges da al a imprenta El Aleph. Mientras la URSS sigue con su proyecto nuclear, Alemania se divide en dos, la guerra fría amenaza con helarnos el corazón y  Jackson Pollock destruye el último hilo del formalismo en la pintura. 

Este Number 8, mastodóntico óleo que destruye y apabulla, que nos rechaza y araña, que nos surte de todas las escusas del mundo para salir huyendo (de qué, hacia dónde) llegó a nosotros en una época en que ya se iba gestando la mentira, la gran mentira que emanaba de las sociedades colmadas, felices y artificiales, la gran estafa de la fatua civilización que empezaba a disociar los cerebros de los más débiles y a incinerar las conciencias de los más intelectualmente inquietos e insumisos. 

El negro, el verde, el amarillo, el ocre, se disparan, se lanzan los unos a los otros, la madeja de vida o de muerte inminente, pero se ausenta la herida (ausencia de rojos), la sangre aún no fluye aunque se la espera pronta, casi inminente.

El conflicto que no cesa y la duda que entretiene el espacio y el tiempo. Los espacios de la red infinita de caminos encontrados, los tiempos del hombre, que son muchos y ninguno hasta el fondo explorado.

La única verdad que del cuadro emana es la ausencia de Dios, que no queda escondido por el trazo inaudito y feraz, que no se vela por las eternas veladuras de la pintura, simplemente no está.