Todos los colores que extravasan la paleta por su borde más cercano a la tierra se concilian en esta tela que, como un sudario, cubre el cuerpo del artista terminal, quizás conocedor de su cercana muerte, quizás con el único afán de retratarla y de darle una prestancia que ya su cuerpo, ciertamente a punto de la consunción, ya no podía sugerir.
En los diversos autorretratos, Rembrandt intentó captar en el propio rostro lo inasible de la juventud, la pureza casi incorpórea de la fuerza en la mirada madura, los excesos y la virulencia de la lucha vital, y ahora, cercana la partida, los últimos destellos de una vida que, en esa mirada, nos irradia tanta tristeza, tanta merma de energía, tanta ausencia de determinación para seguir el camino.
La luz incide en el rostro, ya no es la luz que emana del gesto; el hombre luminoso es ahora un viejo iluminado; ya no importan sus vestimentas; sus manos se hallan escondidas; tan solo la piel de la cara brota como una roca abrupta, volcánica, llena de pasajes, de accidentes, de tonalidades inhóspitas, de livideces enfermizas.
Y la mirada, ¡ah, la mirada! Miedo sosegado, ira discreta, sabiduría contenida, triste fervor, piedad de alma, duda inquisitiva, arrepentimiento voraz, tanta necesidad de consuelo...



