"Una posición privilegiada" es la traducción más o menos literal de esta instantánea del cielo, de esta foto fija de un paraíso perdido o nunca hallado o simplemente inexistente, porque lo que este pintor de la llamada decadencia clásica nos dejó en su ingente obra, no fue otra cosa que pinceladas de una aurora celestial, invadida por la más pura de las sensualidades, la de los tiempos aquellos en que la bondad de la mirada y la eternidad de los sueños no se contradecían con el amor profundo por la vida de contemplación, por la vida de los placeres mundanos, por las flores recién cortadas en los campos de Marte, en los campos de las muchas muertes que la guerra, allá al fondo, iba destilando y fermentando en una naturaleza justa y equilibrada.
Se huele el mar, la sal que impregna el cuello de las muchachas, se huelen las flores que ciñen sus cabellos fulgurosos, se retiene en el alma, quizás para siempre, el aura mediterránea, el sol soberbio que impregna la vida y el sueño de lo imposible.
Aquí Oriente y Occidente se abrazan y se besan en rumores civilizados, lángidos; se devanan en hilos de oro y marcan las distancias insondables de las vidas distintas y paralelas.
Quisiéramos que la imagen que nos ofrece este prodigioso cuadro representara una verdad absoluta, daríamos una parte importante de nuestra vida porque el mundo terreno fuera siquiera, si acaso remotamente parecido.
El mar y el cielo, al menos aquí, es lo mismo.

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