domingo, 9 de noviembre de 2014

Jackson Pollock (Número 8) 1949


En 1949 ocurrieron muchas cosas: George Orwell publica 1984, Arthur Miller estrena La Muerte de un Viajante y Jorge Luis Borges da al a imprenta El Aleph. Mientras la URSS sigue con su proyecto nuclear, Alemania se divide en dos, la guerra fría amenaza con helarnos el corazón y  Jackson Pollock destruye el último hilo del formalismo en la pintura. 

Este Number 8, mastodóntico óleo que destruye y apabulla, que nos rechaza y araña, que nos surte de todas las escusas del mundo para salir huyendo (de qué, hacia dónde) llegó a nosotros en una época en que ya se iba gestando la mentira, la gran mentira que emanaba de las sociedades colmadas, felices y artificiales, la gran estafa de la fatua civilización que empezaba a disociar los cerebros de los más débiles y a incinerar las conciencias de los más intelectualmente inquietos e insumisos. 

El negro, el verde, el amarillo, el ocre, se disparan, se lanzan los unos a los otros, la madeja de vida o de muerte inminente, pero se ausenta la herida (ausencia de rojos), la sangre aún no fluye aunque se la espera pronta, casi inminente.

El conflicto que no cesa y la duda que entretiene el espacio y el tiempo. Los espacios de la red infinita de caminos encontrados, los tiempos del hombre, que son muchos y ninguno hasta el fondo explorado.

La única verdad que del cuadro emana es la ausencia de Dios, que no queda escondido por el trazo inaudito y feraz, que no se vela por las eternas veladuras de la pintura, simplemente no está.








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