domingo, 21 de diciembre de 2014

Henry Fuseli (La pesadilla)1781



El espanto acude a nuestro sueño. El erotismo como fuente, canal y desembocadura hacia el infierno venéreo. La más siniestra concepción del romanticismo hecha carne.
Una obra de concepción horizontal, la mujer flecha que de Este a Oeste atraviesa el lienzo como una saeta de luz. Irradia, resplandece, es origen de un fulgor que acaricia y hiere a la vez la mirada. Nuestra mirada aterrorizada, inquieta, porque no podemos concentrarla en lo que queremos ver, el íncubo maldito nos mira, no mira a la bella durmiente, no mira al caballo siniestro, nos mira inhóspito e iracundo a nosotros que, como huéspedes mal recibidos, sólo nos merecemos el desprecio, si no algo más, de su mirada, esa mirada que nos pone el vello de punta. Definitivamente debemos salvarnos y alejar nuestros ojos de la adorada y apenas vislumbrada imagen de la mujer.
El simbolismo invertido del cuadro pone el mal, la oscuridad, la locura en un plano superior, dominador, humillante, ubicados sobre la luz, sobre la paz, sobre la belleza. El sueño como engendrador de las más abominables imágenes, imágenes de terror que en la tela parecen más reales que la realidad inconsútil de esa mujer desmadejada, incandescente en la irrealidad de su belleza.
Es el cuadro del desasosiego, del espanto consumado, del miedo por venir...





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